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Manos, Manos, Manos... ...

Hay manos diferentes, negras, blancas.

Buenas, malas, inocentes, sublimes o sagradas.

Existen manos que acarician, cálidas, frías.

Las manos una de madre, ajadas por el afán de una vida ingrata,

santas manos que dejan en la piel su calidez.

Manos aviesas, capaces de estrechar en apariencia

mientras traman en la sombra.

Las manitas de un niño, suaves, tiernas.

Manos de periodistas, de escritores,

incansables, tenaces, cuando no se manchan con mentiras.

Manos de sacerdotes, falsas algunas, otras limpias,

manos oscuras por la pederastia.

Las de un juez, que al igual que Pilatos, lava en sus manos la mentira.

Manos del escultor, que al barro, casi influye aliento.

Manos de militar cuya huella estampada en la batalla

es la firma de la crueldad, o bondad de sus hazañas.

Que viles son las manos del terrorista que siembra pánico y dolor.

Las manos de la ciencia, las del médico que se enfrenta al dolor.

La mano aviesa del político, que abarca entre sus dedos, la perversidad.

Manos de gobernante que se lucran de la patria.

Las que en la antigüedad amasaron arcilla y picaron la piedra,

legando al mundo un patrimonio.

Las manos de un artista, las de un pintor,

que con simples colores inventa un paraíso.

Las del músico, que hace vibrar las notas,

elevando el espíritu en una melodía.

Manos de ancianos, fuertes ayer ¡Hoy tiemblan!

Las manos del amor, hombre o mujer

que transportan al éxtasis.

Manos de Dios,

que en forma humana, con un roce,

salva, resucita, o hecho niño, hombre,

mujer, anciano, implora una limosna.

De obreros, agricultores y parteros.

Blancas, negras, esclavas,

finas, transparentes, trémulas, firmes.

Las del sepulturero, que tiene el mérito

de abrir el surco para con sus manos,

sembrar en la tierra la materia que de ella nació.

La muerte es la morada final que a toda mano,

rica, pobre, blanca o negra,

hace igualmente humana.

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