
Tu en mis días claros,
y en el acre camino de mis días oscuros.
Tu en mis noches sin fin por ser aciagas
y en las infinitas horas que me has dado
borrando la negrura.
Tú en mi esclavitud sin cadenas,
logrando el milagro de hacerme renacer.
Tú desde mucho antes,
porque aunque ignoraba tu nombre,
te buscaba.
Tu ayer, cuando faltaba tiempo para conocerte,
yo ya te conocía, no sabía tu nombre, ni conocía tu piel,
pero adivinaba tu alma.
Tú en cada amanecer, cuando la luz del alba
penetraba en mi oscuridad,
y cerrando los ojos, a Dios nada imploraba,
pues me sentía perdida.
Tú al medio día, cuando mi mesa puesta,
recogía sin usar, en ferviente plegaria
sin palabras, sin casi razonar, pensaba
en un modelo de hombre que en mi mente vivía.